UN EXTRANJERO
No puedo evitar comenzando a escribir mis experiencias pensar El “Extranjero†de Albert Camus. Ciertamente que mis experiencias no son trágicas aunque, sin duda, tienen un cierto parentesco psicológico con lo que el relata.
Creo que fui extranjero desde antes de nacer. Como muchos otros. Hijo no deseado de unas nupcias tampoco deseadas.
Mi padre murió cuando yo, aun no lo recordaba, sino en una bruma dudosa. Cincuentón, embriagado con un hijo tardÃo.
Hermanastros que no me podÃan querer, madre ahora viuda que trataba de ocultar el rechazo que yo le causaba con aparatosas demostraciones de cariño para, como ella decÃa, aparecer como “madre única
No recuerdo haber recibido nunca caricias especiales y mi pregunto si mi temprano cariño por los animales domésticos reflejaba la lejanÃa de mi madre. Mi más temprano recuerdo de sentirme aislado fue una anécdota cundo tendrÃa unos cinco años
Estábamos de vuelta en la capital. Era un invierno helado y oscuro. Me compraron un abrigo y los primeros guantes de cuero que recuerdo haber tenido. Temporalmente vivÃamos en el pequeño departamento de mi abuela materna.
Navidad. Fiesta de los Reyes Magos. DÃa tradicional de regalos para los niños. No recuerdo lo que me regalarÃan. Ciertamente lo hicieron. Solamente que dÃas antes mi madre me anunció que estaba invitado a una importante fiesta infantil dada por alguien que solamente ella conocÃa. Evidentemente la invitación era importante para el prestigio de ella, pues me empezó a instruir sobre como mi deberÃa comportar, de tal manera que yo acabé por negarme a ir. Aparentemente ella aceptó mi decisión-
El dÃa de los Reyes ella salió después del almuerzo. Yo quedé con mi abuela. HabÃa olvidado la famosa invitación. Era un dÃa especialmente frÃo. AnochecÃa cuando llegó mi madre en un torbellino de nervios. HabÃa que vestirme rápido porque un auto estaba abajo y me esperaban en la fiesta con regalos. Me enfundaron en mis ropas nuevas y me encontré en un gran auto desconocido con chofer uniformado como se usaba en aquellos tiempos entre los poderosos.
Con el estómago encogido recorrimos la ciudad. Llegamos a un lugar, una casa enorme iluminada. No sé como bajé. Mi madre desapareció repentinamente y yo me sentà sumergido en inmensos salones vacÃos tal como suelen quedar después de una fiesta. No habÃa ni niños ni gente adulta. Lo que sé es que quedó para el resto de mi vida marcado en mà el sentimiento de ser allà un extraño, un extranjero. No sé como terminó la tarde. Solamente que no hubo fiesta, ni regalos.
Han transcurrido innumerables años después de aquella experiencia que fue como mi bautizo de niño, más tarde adolescente solitario.
La segunda tragedia dimanó de nuevo de mi madre. En parte por nuestra vida errante en diversas ciudades alojando casi siempre en hoteles. Mi madre para vivir algo de su propia vida me llenaba de revistas y libros tan pronto como supe leer que fue muy temprano.
Era la guerra. Durante un tiempo en que permanecÃamos en un pequeño pueblo ella trabajaba en la ciudad. Me dejaba en un pequeño departamento de segundo piso. Ella cerraba las habitaciones en que vivÃamos “para que yo no tocase sus cosasâ€. ManÃa de exclusión que mantuvo cada vez más extrema mientras vivimos juntos. Yo podÃa campar en un comedor vacÃo con una gran mesa de mármol blanco que me servÃa de entretenimiento matando las moscas que aterrizaban en ella. Dos balcones con maceteros llenos de geranios sobre los que orinaba y una asoleada terracita. Creo que tenÃa prohibido bajar a convivir con los niños de la familia campesina que nos arrendaba el departamento. Recuerdo un niño que redoblaba la edad, me despreciaba por ser citadino y era bastante brutal. Además hablaba solamente en su dialecto. Fineta, una niña más cercana a mi edad, solÃa subir a jugar conmigo algunas tardes.
Yo tenÃa ocho años. Cuando mi madre estaba en la casa, salÃamos a buscar alimentos. A veces, me mandaba a hacer pequeñas compras en el pueblo. Cuando anochecÃa me entretenÃa viendo cazar murciélagos en el campo vecino por niños del pueblo.
Desde luego hacÃa muchos años que no dormÃa en la misma cama de mi madre. Ni siquiera puedo recordar haberlo hecho nunca aunque debió suceder en algún viaje. Yo la molestaba en sus insomnios, es lo que ella decÃa. En los hoteles siempre ella pedÃa habitaciones con dos camas.
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La adolescencia, ¿catorce años? Aproximadamente.
No me enviaban a ningún colegio porque me “podrÃan corromper†los otros niños.
Extraña vida en un departamento de la capital. LeÃa. SalÃa a la calle para hacer las compras en el barrio o en las cercanÃas. Acompañaba a mi madre en algunas visitas a sus amigas que no tenÃan niños de mi edad. Esas visitas me producÃan un aburrimiento absoluto. Frecuentes visitas, a veces diarias, a iglesias católicas. Larguisimas oraciones monótonas.
Otras veces se me dejaba sólo en el departamento, en un pequeño pasillo con las puertas de las diversas piezas cerradas con un candado “para que no registrase sus pertenenciasâ€. He de advertir que en un tiempo tuve numerosos juguetes, pero que de ordinario no se me permitÃa jugar con ellos, porque yo no “estudiabaâ€.
En las prolongadas visitas a iglesias tuve contactos con frailes y con algunos adolescentes cercanos a los mismos y que deseaban ser religiosos. No sé si me contagié de ese misticismo mezclado con la intuición que debÃa alejarme de mi madre. Era la única arma que tenÃa dadas sus convicciones religiosas de entonces y pude ingresar en un seminario de frailes en una provincia lejana. La verdad es que en los meses que estuve allà no sentà nostalgia alguna de mi vida anterior.
Sin embargo, iba a experimentar con fuerza mi condición de extranjero. Bien dotado intelectualmente no me podÃan objetar, pero esto mismo, el hecho de ser capitalino y burgués me rodeó de una antipatÃa general entre frailes y compañeros aspirantes a serlo, todos de ascendencia campesina. Me acabaron despidiendo con el pretexto que debido a un golpe me podÃa quedar ciego y no podÃa seguir estudiando. Una farsa bastante traumática.
Año y medio de nuevo en la vida de departamento aislado. Solamente podÃa ir a visitar a mi abuela al otro extremo de la ciudad más o menos una vez por semana. A las pocas semanas me dà cuenta que debÃa salir de aquella especie de prisión. En momentos de tensión familiar pensé con frecuencia en el suicidio. Más tarde volvà a mis devaneos mÃsticos pero con una cierta conciencia de huÃda porque empecé a dudar entre ellos o la Legión Extranjera, enrolamiento que se podÃa verificar a partir de los 16 años. Todo se dio de forma que fui a parar a un oscuro Monasterio de Monjes que querÃan resucitar una antigua Orden monástica de la Edad Media.
Era una vasta construcción medieval derruida en su mayor parte. VivÃan allà cuarenta desorientados aprendices de monjes guiándose por reglas sacadas de viejos códices y prácticas extravagantemente austeras, tales como no hablar, dormir sobre tablas, comer escasamente, flagelarse…
Todo aquello me pareció mejor que volver a una vida familiar cada vez más destructurada. Asà que aguanté todo no solo lo institucional, sino de nuevo la soledad emocional más completa. Allà se vivÃa cada vez más la vieja sentencia de Voltaire “Se reúnen sin conocerse. Viven sin amarse. Mueren sin llorarseâ€.
Todo no fue negativo. Estudié regularmente por primera vez en mi vida y obtuve tÃtulos universitarios.
Después de 15 años decidà claramente que aquella vida era antinatural y decidà romper con mi pasado.
Pude viajar por Europa y Ãfrica. Conocer diversos medios sociales y comencé a comprender la injusticia social y cultural.
Por primera vez hice algunas amistades, pero siempre yo era consciente de ser el Extranjero.
Entraba en un nuevo periodo de mi vida en que se me odiarÃa o respetarÃa, pero continuarÃa siendo un Extranjero. Estaba marcado definitivamente a los 32 años.
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Reflexioné. EmigrarÃa a un continente lejano. Aquel de mis sueños imaginarios extraÃdos de Verne, Salgari y otros escritores de aventura. Además tenÃa dentro de mi mismo el llamado intuitivo de mis cercanos ancestros indonesios. HabÃa conocido las culturas del desierto y su simplicidad. QuerÃa borrar definitivamente el pasado y adoptar un nuevo mundo, una nueva cultura, una nueva etnia.
Ignoraba que ese paso rubricarÃa definitivamente mi destino de EXTRANJERO. HabÃa idealizado con el marxismo el pensamiento de que mi patria serÃa, en adelante, el Mundo.
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